El sábado estaba imbuida en la lectura de mi novela de micro, de baño, de sala de espera, de sillón del living cuando de improviso me desayuné (más bien cené si hablámos en tiempo real, pero lo importante es el efecto inesperado de la expresión) con que al protagonista que curiosamente tiene 28 años, le diagnosticaron un tumor cerebral e iba a morir en cualquier momento pese a que no llevaba ni un tercio del libro y a que al tipo realmente la vida no le había tratado muy bien, aunque se lo tomaba con bastante humor (ya avancé más en el libro y a cambio del tumor, tiene un contrato con un editor que parece es el hijo malo de dios... con lo que ya no se está muriendo pero lo está pasando casi peor). No supe porqué, pero cerré el libro y guardé un minuto de silencio. Pensé, mirando con nostalgia y algo de culpa al velador, que quizás era mejor volver a mi libro de cabecera y olvidarme de estas distracciones tan poco satisfactorias para estos días, siendo precisamente estos los días. Después de eso decidí levantarme y ordenar el entorno para esperar la llegada de M. y F., sin embargo la Isabella de mi conciencia comenzó a taladrarme con preguntas absurdas del tipo qué tal si te pasara a ti lo mismo, pfffff absurdo... si los mareos y la visión nublada... imposible pues son autoinducidos todas las mañanas después del desayuno y en las noches antes de dormir, igual porqué no jugar a ponerse en el lugar por que es pura ficción y además que lataaaaa que te cuesta siquiera pensar qué harías si, ponerte en el lugar, acaso habrían algunas cosas que te gustaría decir a cierta gente antes de... sucumbí, pues me di cuenta que era eso precisamente lo que me dejó pensando en primer lugar... acto seguido dejé la loza a medio lavar, tomé un lápiz del tarro y en el libro de notas del Duomo marque del 1 al 10 (salud por el autoconocimiento jeje) y comencé a escribir las cosas que no podría dejar de hacer, palabras que no podría dejar de decir, cartas que no podría dejar sin escribir...
...lo impresionante del proceso es que no llegué a completar los 10 números... la verdad no pasé del número 1º... y no fue sólo porque se me acabó el lápiz y tuve que sacar otro, ni porque llamaron por teléfono y me distraje unos minutos, ni porque casi salte 11 metros cuando tocaron el timbre ...pues ya llevaba bastante rato mirando las únicas dos palabras de la primera línea que alcancé a escribir... algunas horas más tarde cuando volví a mi estado natural, retomé la hoja, la observé detenidamente unos segundos y la rompí en 4 partes para dejarla descansando en el basurero de la cocina. Me senté un rato en el sillón y decidí darle otra oportunidad al joven escritor de la novela... creo que me quedé dormida mirando las luces de la noche desvanecerse en el día.
Esa frase ya la dije en voz baja y alta muchas veces.
He decidido no volver a pronunciarla nunca, nunca más.